| Un bufón (1640) Diego Velázquez |
“Nunca vi un bufón que no empinara el codo de buena
gana”.
Rabelais
Rey Oh Baby murió frente a La Farola. Mi abuelo me contó
sobre ese lugar. Fue famoso por aventar a sus borrachos muertos hacia la calle.
Les daban de beber hasta la muerte, quedaban dormidos sobre la mesa y después
fallecían. Antes del amanecer, el dueño de La Farola y sus empleados cargaban
al borracho y lo aventaban a la oscura calle. Nacía un nuevo día y su cuerpo se
iluminaba con los primeros rayos del Sol. La primera ronda policiaca pasaba y
se llevaba al borracho. A Rey Oh Baby, muerto, lo descubrió primero el Sol y
luego un fotógrafo.
La foto de la muerte de este
compositor muestra a un borracho durmiendo sobre un cartón y con la boca
abierta de donde salía una espuma blanca y espesa. Es posible, por lo que pude
observar en la foto, que convulsionó antes de morir. Miles de neuronas tratando
de pasar corriente eléctrica por su cuerpo para que reaccionara y al final, ninguna
parte de su ser lo hizo, nada pudo evitar que su alma escapara de la burla del
snobismo oaxaqueño. ¿Tales espasmos fueron producto de un envenenamiento o una
fisura craneal consecuencia de un atropellamiento (dos de las formas en que
mueren los perros más nobles que ha desconocido la humanidad)? Nunca lo
sabremos (y algunos es posible que no les importe), sin embargo, puedo deducir
de un documental sobre morgues que vi hace un año, que no irá a la fosa común
como los grandes de la música sino se le cremará y sus cenizas se guardarán en
una bolsa de basura tan negra como el corazón del dueño del Bar Jardín, lugar
donde le gustaba cantar. Esa bolsa se colocará junto a otros tantos músicos
oaxaqueños. Así es como el sistema cultural oaxaqueño trata a sus músicos.
La primera vez que conocí a Rey
Oh Baby fue en el Bar Jardín. Apenas tenía unas semanas de haber llegado a
Oaxaca, oí cantar al gran músico con pasión desenfrenada y desafinada su ¡Oaxaca, Oaxaca! El filósofo Leonardo Da
Jandra, terror de las narices de algunos amateurs, al oír el canto performance
de este compositor indígena, rio de forma burlona. Tal acto lo vi infantil, sin
embargo pude ver que todos necesitamos a un loco que nos haga sacar una
carcajada, un bufón. Al paso del tiempo, pude entender que la sociedad cultural
oaxaqueña tenía esa necesidad, la necesidad noble de tener un bufón: “No quiero
más prueba que ésta: si entre los convidados no hay uno, al menos, capaz de
alegrarnos con su locura natural o artificial, se pagará algún bufón, o bien se
atraerá algún gorrón ridículo, que sepa ahuyentar el silencio y la tristeza por
medio de chistes divertidos”, nos dice Erasmo de Rotterdam.
Ray Oh Baby era el bufón de la
casta cultural oaxaqueña, un reflejo de sus desgracias y tal vez su futuro. De esta
casta, la oligarquía oaxaqueña saca sus mejores bufones, por ello es posible
que un vínculo empático por parte de los que se dicen artistas oaxaqueños se
estableciera con Ray Oh Baby: si se es un verdadero artista, dentro de este
sistema, se acabará como él, desafortunadamente pocos tendrán ese destino
privilegiado y seguirán jugando en vez de ser en serio artistas o
intelectuales. Ellos tendrán su recompensa en vida pero que sus labios no
usurpen la gloria de los que mueren de forma distinguida como Ray Oh Baby.
Una última pregunta me queda en
la mente: ¿qué habrá sido de su guitarra? Espero que un verdadero artista la
haya robado de la morgue y le devuelva la vida que tuvo en manos de Ray Oh
Baby. La casta oaxaqueña cultural necesitaba un bufón, a Reynaldo Bernardo Jiménez
Velasco se le quitó su nombre y lo volvieron famoso. Se busca nuevo bufón.
TF
