domingo, 20 de diciembre de 2015

Obituario a Reynaldo Bernardo Jiménez Velasco

Un bufón (1640)
Diego Velázquez


“Nunca vi un bufón que no empinara el codo de buena gana”.
Rabelais

Rey Oh Baby murió frente a La Farola. Mi abuelo me contó sobre ese lugar. Fue famoso por aventar a sus borrachos muertos hacia la calle. Les daban de beber hasta la muerte, quedaban dormidos sobre la mesa y después fallecían. Antes del amanecer, el dueño de La Farola y sus empleados cargaban al borracho y lo aventaban a la oscura calle. Nacía un nuevo día y su cuerpo se iluminaba con los primeros rayos del Sol. La primera ronda policiaca pasaba y se llevaba al borracho. A Rey Oh Baby, muerto, lo descubrió primero el Sol y luego un fotógrafo.

La foto de la muerte de este compositor muestra a un borracho durmiendo sobre un cartón y con la boca abierta de donde salía una espuma blanca y espesa. Es posible, por lo que pude observar en la foto, que convulsionó antes de morir. Miles de neuronas tratando de pasar corriente eléctrica por su cuerpo para que reaccionara y al final, ninguna parte de su ser lo hizo, nada pudo evitar que su alma escapara de la burla del snobismo oaxaqueño. ¿Tales espasmos fueron producto de un envenenamiento o una fisura craneal consecuencia de un atropellamiento (dos de las formas en que mueren los perros más nobles que ha desconocido la humanidad)? Nunca lo sabremos (y algunos es posible que no les importe), sin embargo, puedo deducir de un documental sobre morgues que vi hace un año, que no irá a la fosa común como los grandes de la música sino se le cremará y sus cenizas se guardarán en una bolsa de basura tan negra como el corazón del dueño del Bar Jardín, lugar donde le gustaba cantar. Esa bolsa se colocará junto a otros tantos músicos oaxaqueños. Así es como el sistema cultural oaxaqueño trata a sus músicos.

La primera vez que conocí a Rey Oh Baby fue en el Bar Jardín. Apenas tenía unas semanas de haber llegado a Oaxaca, oí cantar al gran músico con pasión desenfrenada y desafinada su ¡Oaxaca, Oaxaca! El filósofo Leonardo Da Jandra, terror de las narices de algunos amateurs, al oír el canto performance de este compositor indígena, rio de forma burlona. Tal acto lo vi infantil, sin embargo pude ver que todos necesitamos a un loco que nos haga sacar una carcajada, un bufón. Al paso del tiempo, pude entender que la sociedad cultural oaxaqueña tenía esa necesidad, la necesidad noble de tener un bufón: “No quiero más prueba que ésta: si entre los convidados no hay uno, al menos, capaz de alegrarnos con su locura natural o artificial, se pagará algún bufón, o bien se atraerá algún gorrón ridículo, que sepa ahuyentar el silencio y la tristeza por medio de chistes divertidos”, nos dice Erasmo de Rotterdam.

Ray Oh Baby era el bufón de la casta cultural oaxaqueña, un reflejo de sus desgracias y tal vez su futuro. De esta casta, la oligarquía oaxaqueña saca sus mejores bufones, por ello es posible que un vínculo empático por parte de los que se dicen artistas oaxaqueños se estableciera con Ray Oh Baby: si se es un verdadero artista, dentro de este sistema, se acabará como él, desafortunadamente pocos tendrán ese destino privilegiado y seguirán jugando en vez de ser en serio artistas o intelectuales. Ellos tendrán su recompensa en vida pero que sus labios no usurpen la gloria de los que mueren de forma distinguida como Ray Oh Baby.

Una última pregunta me queda en la mente: ¿qué habrá sido de su guitarra? Espero que un verdadero artista la haya robado de la morgue y le devuelva la vida que tuvo en manos de Ray Oh Baby. La casta oaxaqueña cultural necesitaba un bufón, a Reynaldo Bernardo Jiménez Velasco se le quitó su nombre y lo volvieron famoso. Se busca nuevo bufón.

TF

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